Había una vez un león grande y majestuoso que gobernaba sobre todos los animales de la tierra. Una mañana, mientras paseaba junto a la orilla del mar, vio asomarse entre las olas a un delfín de piel brillante.
—¡Hola, rey del mar! —rugió amablemente el león—. Tú mandas en el agua y yo en la tierra. ¿Qué te parece si hacemos un pacto de amistad para ayudarnos siempre que estemos en peligro?
El delfín dio una voltereta en el agua y contestó encantado: —¡Me parece una idea genial, amigo león! Juntos seremos invencibles.
Pocos días después, un toro salvaje y muy fuerte comenzó a causar problemas en la costa. El león intentó detenerlo, pero al ver que la pelea era difícil, corrió hacia la orilla y gritó: —¡Delfín, ven rápido! ¡Necesito tu ayuda!
El delfín nadó a toda prisa hasta la orilla e intentó saltar hacia la arena, pero cada vez que lo intentaba, resbalaba y caía de nuevo al agua. Sus aletas servían para nadar con rapidez, no para caminar ni luchar en la tierra.
El león, exhausto, se sintió defraudado y exclamó molesto: —¡Prometiste ayudarme y te quedaste mirando!
El delfín, asomando su cabeza con calma, le respondió con voz suave: —No te enojes conmigo, querido amigo. Yo tenía toda la intención de apoyarte, pero la naturaleza me dio aletas para el agua, no patas para la arena. No es que no quiera, es que simplemente no puedo salir.
El león respiró hondo y comprendió que el delfín tenía razón: nadie puede dar lo que no tiene, por mucho cariño que exista.
Moraleja
Antes de pedirle ayuda a un amigo o hacer promesas difíciles, recuerda conocer bien sus capacidades. Un buen amigo siempre querrá apoyarte, pero no le exijas imposibles que van contra su propia naturaleza.

