En una pradera verde junto al bosque, un grupo de corderitos jugaba alegremente a las escondidas. Corrían, saltaban y reían entre las flores y los arbustos.

Uno de los corderitos encontró un matorral muy frondoso y se agachó contento, pensando que nadie lo encontraría. Pero entre los árboles merodeaba un lobo hambriento que lo había visto esconderse.

De repente, una gran pata con garras afiladas asomó entre las hojas. El corderito dio un brinco del susto y salió disparado a toda velocidad, con el lobo pisándole los talones.

Justo en la orilla del bosque había un antiguo templo de piedra. Con las fuerzas que le quedaban, el corderito cruzó la gran puerta y se refugió en el interior. El lobo frenó en la entrada y, al no poder entrar, se sentó afuera a vigilar mientras decía con tono burlón: —¡De aquí no me muevo! Tarde o temprano tendrás que salir por comida, o te quedarás encerrado para siempre.

—¡Pues no pienso salir a tus garras! —respondió firme el corderito, manteniendo la calma.

Mientras el lobo vigilaba la puerta principal sin pestañear, los otros corderitos llegaron con mucho sigilo por la parte trasera. Descubrieron una ventana baja entre las enredaderas y le hicieron señas a su amigo. El corderito saltó con cuidado, se reunió con sus compañeros y juntos regresaron sanos y salvos a la granja.

El lobo pasó horas esperando en la puerta del templo, sin darse cuenta de que el corderito ya estaba jugando tranquilamente con sus amigos.

Moraleja

Frente a un problema grande, no te desesperes ni te rindas. Mantén la calma, confía en tu astucia y apóyate en tus amigos, porque la valentía y el trabajo en equipo siempre encuentran una salida.