Cada noche, Nico el zorrito se sentaba en su colina favorita. Abría su libro y leía en voz alta para que la luna también pudiera escuchar.

Una noche oyó un sonido muy pequeño. Plin. Entre las flores había una estrella. Era tan chiquita que cabía en una hoja. «Me he perdido», susurró. «No sé volver a casa».

Nico levantó la mirada. El cielo estaba lleno de luces, pero ninguna parecía estar lo bastante cerca. «Yo tampoco sé volar», dijo, «pero podemos buscar el camino juntos».

Caminaron hasta el estanque. Allí, el agua reflejaba todas las estrellas. La pequeña reconoció a sus amigas y empezó a brillar un poquito más. «¡Están ahí arriba!», gritó.

Nico tuvo una idea. Subió a su colina y alzó la estrella con mucho cuidado. La luna vio aquel destello y dejó caer un hilo de luz. La pequeña trepó por él, despacio, hasta llegar al cielo.

«¿Cómo voy a encontrarte mañana?», preguntó Nico. La estrella dio una vuelta alegre. «Seré la que parpadee cuando abras tu libro».

Desde entonces, cada noche, Nico lee una página mirando al cielo. Y, entre tantas luces, siempre hay una que parpadea para él.