En una vieja casa de campo vivía una alegre familia de ratoncitos. Corrían por los pasillos, jugaban entre las maderas y disfrutaban de una vida tranquila y feliz.
Una noche oscura, una comadreja astuta entró sigilosamente sin avisar. Al ver a los pequeños animales, sonrió con malicia y exclamó: —¡Esta casa ahora es mía porque soy más grande y rápida que ustedes!
De inmediato, empezó a perseguirlos con una gran bolsa para atraparlos a todos. Los ratoncitos corrieron asustados en todas direcciones buscando refugio. La comadreja atrapó a unos pocos, pero los demás eran tan veloces que lograron meterse en diminutos agujeros en las paredes donde ella no cabía.
Al ver que no salían, la comadreja ideó una trampa: subió de un salto a un perchero, se colgó inmóvil como si fuera una bufanda vieja y cerró los ojos, fingiendo que no respiraba ni se movía. «Pensarán que ya no soy un peligro y saldrán confiados a celebrar», pensó en silencio.
Pero entre las sombras, el ratón más despierto asomó solo sus bigotes desde una grieta segura. Miró con atención el perchero, notó el truco y le gritó desde lejos: —¡Buen intento, comadreja tramposa! ¡Aunque te disfraces de bufanda y no te muevas, sabemos bien quién eres y jamás volveremos a confiar en ti!
Descubierta y sin lograr engañar a nadie, a la comadreja no le quedó más remedio que marcharse con las manos vacías.
Moraleja
Quien intenta lastimarte o engañarte una vez, difícilmente ganará de nuevo tu confianza. Sé siempre atento y precavido ante las falsas apariencias.

