Había una vez un gallinero donde vivían dos gallos de plumas muy brillantes: Plumas Rojas y Cresta Dorada.
Los dos tenían un carácter bastante presumido y siempre querían mandar.
—¡Yo soy el más fuerte! —decía Plumas Rojas.
—¡No, el más fuerte soy yo! —respondía Cresta Dorada.
Como no se ponían de acuerdo, decidieron hacer una competencia para ver quién sería el líder de la granja. Corrieron, saltaron y midieron sus fuerzas toda la tarde.
Al final, Plumas Rojas ganó la prueba.
Cresta Dorada, triste por haber perdido, se fue a esconder calladito detrás de unos arbustos del corral.
Pero Plumas Rojas no sabía ganar con humildad. En lugar de ser un buen compañero, se subió de un brinco al techo más alto del gallinero. Infló el pecho, aleteó con fuerza y empezó a cantar a los cuatro vientos:
—¡Kikirikíiiii! ¡Mírenme todos! ¡Nadie es mejor que yo!
Hizo tanto ruido y presumió tanto, que sus gritos llegaron hasta las nubes. Allí volaba una gran águila que buscaba comida. Al ver a Plumas Rojas tan expuesto y distraído en el techo, el águila bajó veloz como el viento, lo atrapó entre sus garras y se lo llevó muy lejos.
Cuando pasó el susto, Cresta Dorada salió despacito de su escondite. Las demás aves, al verlo tranquilo y prudente, lo eligieron como el nuevo protector del gallinero.
Moraleja
Presumir y creerse mejor que los demás solo nos trae problemas. Ser humilde en la victoria y paciente en la derrota vale más que cualquier trofeo.

