Pipo, el pollito más pequeño del jardín, quería organizar un concierto. Preparó un escenario con hojas y avisó a todos sus amigos.

La rana llegó con su croac, el grillo con su cri-cri y la paloma con su arrullo. Cuando empezaron a cantar a la vez, nadie pudo escuchar a nadie.

«Mi voz es demasiado pequeña», dijo Pipo, escondiendo el pico bajo un ala. La rana se sentó a su lado. «Quizá no necesitamos cantar más fuerte. Quizá necesitamos escucharnos».

Primero cantó el grillo. La rana lo acompañó con un croac suave. Después llegó el arrullo de la paloma. Pipo respiró y añadió un pío, luego otro.

El jardín se llenó de una canción que no se parecía a ninguna otra. Cada voz tenía su lugar. Hasta el viento quiso participar, moviendo las hojas al compás.

Al terminar, Pipo hizo una reverencia. Ya no quería tener una voz más grande. Había descubierto que su pequeña voz era justo la que faltaba.